3 de enero de 2014

El sol de los Scorta. Laurent Gaudé

Un bandido, calor, polvo, robos y violaciones. Su descendencia. Los personajes son tratados lacónicamente, mostrando su ferocidad con pocos detalles, cómo si al haber menos palabras los hechos imaginables fueran más terribles. Pero Gaudé tiene muy buenos detalles:

Un hombre sucio y cubierto de polvo entraba a casa de los Biscotti, a la hora en que los lagartos sueñan con ser peces y las piedras no pueden reprochárselo.

Aunque es demasiado: “lo sabía”, “así era”, “nunca fue de otro modo”, como reafirmando cada cosa con frases cortas, como si fueran frascos de información breve pero de vital importancia, recalcando todo, blanco o negro, pero no gris. Sus personajes no dudan, se dejan llevar o mandan, no tienen misterio -o por el contrario, lo tienen debido a su simplicidad-, lo saben, nunca sospechan o presienten: lo saben. Sus actitudes son planas, aunque cuando van alcanzando la madurez muestran mayor profundidad y trascendencia: la muerte, el sentido de la vida… Me ponía un poco nervioso que soltara tan poca información: es como si cada frase fuera un continuará, y luego no hubiera para tanto, pero tenía su sú, aunque nada demasiado especial, de todos modos, aunque quema, poco a poco te bebes la sopa, y está rica. La sequedad y sencillez del pueblo, el amor a la propia sangre y las costumbres. Además para mí tiene el factor exótico italiano, la salsa de tomate y esas cosas. Y adjetivos jugosos y sabrosos, cómo si aquella situación fuera legendariamente calurosa, o árida, o así. Los mayores dan consejo y transmiten su sabiduría  a  los pequeños y ellos guardan respetuoso silencio pensando por ello que reciben el conocimiento, condensado en pocas palabras y que se han convertido en hombres montepuccianos. Un hombre que siempre sonríe al ver el producto de la tierra sobre su mesa.
C

 Laurent Gaudé

El sol de los Scorta

Salamandra, Quinteto, Mayo 2008

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2 de enero de 2014

Salvar al soldado Ryan. Steven Spielberg

2.i.2014//¿Qué tiene “Saving Private Ryan”? Unos medios espectaculares -qué poco hacen ahora con 70 millones de dólares en este siglo-, un reparto mítico, escenas de guerra hiperrealistas, un guión muy bien estructurado y dramático, una fotografía increíble (Janusz Kaminski), una banda sonora conquistante, y un director de oro. Y así podríamos seguir, esta película tiene el qué y el cómo: ha sido diseñada con pasión. 

Haber elegido la historia de la trágica muerte de tres hermanos y la misión de salvar al cuarto, ya es otro cantar. Empieza con la antológica representación del desembarco de Normandía (25 minutos de guerra pura con tal realismo que no recuerdo haber visto en otra película bélica), e introduciendo el uniforme con el ‘RYAN’ bordado. Continúa con una serie de escenas -cada cual más dramática- que atrapa desde el principio, con el primer disparo. No quiero resumir el filme, pero no me resisto a enumerar algunas escenas. La expresividad con que desde la central de telégrafos se comunican las muertes de los soldados y el contraste de la guerra con la idílica casa rodeada de campos dorados -grabado con un filtro y color memorables- y una madre que recibe postrada en el porche la noticia del fallecimiento de sus hijos. Así -dejando a un lado las palabras de Lincoln- introducen el primer gran nudo de la trama tras haber presentado tímidamente a los protagonistas entre explosiones.

A partir de ahí y con Hanks a la cabeza, empieza la misión con los mejores. Cada escena es sorprendente: una familia que tiernamente intenta dejar a su niña francesa con los soldados; como se elimina la pared y quedan frente a frente alemanes y americanos; el punto de inflexión de la compañía cuando tras la dramática muerte del médico y el abandono del prisionero -que luego vuelve al campo de batalla- aparece la desesperación, la crisis y dudas sobre el sentido de la misión. Una deliciosa escena a contraluz y al atardecer; buscar a Ryan irreverentemente entre las medallas de los soldados muertos y dar la noticia de la muerte de sus fratelli a un ‘falso’ Ryan antes de encontrar a un joven Damon. Y sigue y sigue. Lo que cuenta, es tan sorprendente -no sé hasta que punto es mérito de Robert Rodat- y lo hace de un modo tan vivo y épico, que es improbable que no te absorba.

En fin, para qué comentar más la evidencia -olvidando el humor y sentimentalismo patriótico americano-. “Merézcalo” (“Make all of this worthwhile”), con ese imperativo trascendente e inspirador se cierra esta genial narración.

B

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23 de diciembre de 2013

Jobs. Joshua Michael Stern

 23.xii.2013// Las críticas de antemano no eran muy buenas, sin embargo se presentaba como una gran ocasión para conocer un poco la vida de Steve Jobs. Al principio -se trata de la primera media hora-, todo acompaña: Ashton Kutcher lo hace decentemente y es buena la caracterización; la música aplaude los momentos clave, y tiene el tono desenfadado y sin miramientos de una película en la que simplemente suceden cosas, hasta cierto punto interesantes. A partir de ahí pierde toda la fuerza al no ofrecer justificadamente la explicación oportuna de lo que acontece y sin el mayor detenimiento. Varias escenas de la visión fanática, casi representando a Jesucristo (JC), lío en la biografía, etc. Total 122 largos minutos, de los cuales sobran noventa muy mal expresados. Horror.

9 de febrero de 2013

Sonata de otoño. Bergman.

En la película de Bergman, se describe como en una novela psicológica y con exquisita sensibilidad los sentimientos y reacciones en la vida de las protagonistas. La relación madre e hija, asfixiada y tensa, sedienta de reproches del pasado es el centro del filme. El despliegue de palabras del guión es delicado y perfeccionista, con una soberbia honestidad a la hora de expresar qué ocurre en el interior del ser humano.

Sin un gran despliegue de calidez visual, pero sin resultar fría y muerta, la historia resulta progresivamente intrigante; los personajes parecen muy amables y, conforme empiezan a sincerarse ante el espectador, uno redescubre al ser humano, con sus sentimientos (sin resultar empalagosos), con sus miedos (sin abusar de ellos) y situaciones propias de vidas corrientes, duras e increíbles pero al mismo tiempo reales, que se muestran con una especial naturalidad, tratadas con notable maestría. No son confesiones artificiales, algo que resulta complicado de obtener. Aunque no me llamó la atención el trabajo de la actriz -sin ningún parentesco con el director- en la vieja ‘Casablanca’ (1940, Michael Curtiz), me ha parecido muy poderosa su presencia en pantalla, en parte justificada por su papel de diva y pianista mundial y en parte por esa grandeza frente a la cámara que solo las actrices más excepcionales poseen. Liv Ullmann también resulta muy a la altura de esta sencilla pero detallada película. Es una obra que exige algo del público, sobretodo una compresión muy interesante que enriquece. Todavía no he estudiado al fascinante Bergman, pero estamos en ello, es el cómo y no el qué.

Cuando no puedo dormir por la noche, me pregunto si he vivido de verdad. También me pregunto si será lo mismo para todo el mundo o si hay personas que tienen más talento que otras para vivir, o es que hay personas que no viven nunca y solo existen.

7 de febrero de 2013

Fumarse un puro o perder la dignidad

Cuando uno se da cuenta de que lo realmente importante para él son menudencias y detalles nimios, cambian muchas cosas. Una humilde ilustración es coger el autobús: ves como a lo lejos, el autobús, el tuyo, el que te lleva a casa, se acerca a la parada en la que no estás tú. Entonces un repentino ataque de prisa te sacude por entero: el mero pensamiento de perder el autobús. Y la primera vez -y tal vez tampoco las doscientas siguientes- no te planteas las tres opciones a las que te expone esa situación: primero y la más habitual, perder la dignidad corriendo como alma que lleva el diablo a por el bus, muriendo en el esfuerzo desesperado por no retrasarse unos minutos esperando en la parada; segundo: dejar escapar el autobús y así conservar orgullosamente la dignidad; o el último y desafortunado caso de perder las dos cosas: que es cuando tu sudorosa cara, ve como, tras el esfuerzo, se marcha el autobús con tu dignidad.

No tiene demasiado que ver, pero tal vez cansado de esas innumerables pérdidas, te preguntes ¿porqué hago las cosas?, y es realmente una de las preguntas más fascinantes que un ciudadano de este mundo, de nuestra especie, se puede hacer. Además, lo más relevante no es que hagas las cosas bien o mal,  o que merezcan la pena, o que dejes de hacerlas, sino que seas consciente -y por tanto aceptes- el motivo de tus acciones; es muy posible que lo que andes buscando con esos ‘esfuerzos heróicos’ sea algo que no merezca la pena, o que tus motivos sean nefastos o ridículos, pero ahora ya lo sabes, aunque te equivoques, que al menos no estás en paradero desconocido. Es un gran momento: ahora sabes que eres un idiota pero por eso una pequeña parte de ti ha dejado de serlo.

En el caso del autobús, -puede que no te lo hubieras planteado hasta ahora, querido lector- perder la dignidad por algo tan pequeño como un autobús es penoso, así como por otros minúsculos resultados que te agobian, convierten tu existencia en un reloj frenético y agotador con un tic-tac sonoro y molesto que no te deja apreciar las hermosas dimensiones que tiene la vida cuando en lugar de, presa del pánico, ‘perder la dignidad’, te fumas un puro a su salud. Sí, te fumas un puro y ves como se larga cargado de pasajeros que se lo pierden. Siempre hay gente que tiene preocupaciones más intensas, mayores responsabilidades y sufrimientos más poderosos que las tonterías que acaban con tu poesía existencial. No eres alguien importante, asúmelo.

Los mil millones de temas de siempre que te hartan -tampoco tienen mucho que ver-, ese nuevo obstáculo para la tranquilidad absoluta, el  impedimento del gozo… fúmate un puro y disfruta con ello: “la vida es demasiado importante como para tomársela en serio” (Wilde) o si te gusta más “la vida es demasiado corta para tomársela en serio” (Groucho Marx) los grandes nos avalan, ¿vas a ser destrozado por mosquitos? Ahoga tu ambición, calma tu ansiedad, sé inteligente: confórmate, disfruta con lo que tienes, hazte el tonto. 

Las prisas que asesinan a tantas personas cada año se pueden evitar. Tu ocupada vida y tu apretada agenda son una mentira. Uno tiene tiempo para lo que quiere y esto se demuestra con un sencillo análisis que no voy a realizar. Por eso no soporto a los insignificantes que se dan importancia diciendo que no tienen tiempo: tienen todo el tiempo del mundo. La gente se empeña en ahorrar mucho tiempo, en ‘optimizar’ las acciones, en llegar antes, en liquidar el asunto… y se equivocan. Al final llegan a una avanzada edad en la que se dan cuenta de que han pedido el tiempo intentando ahorrarlo, porque como alguien dijo: ‘la vida es aquello que pasa mientras estás ocupado haciendo planes’.

Finalmente uno se da cuenta de que lo que parecía significativo no lo es, y lo que se presentaba como insignificante es lo solemnemente importante. La poesía es lo importante, la actitud, los deseos, el pensamiento. Los resultados, las estadístisticas, la conducta pragmática, el utilitarismo es lo que nos ocupa y vulgarmente mata nuestro tiempo. Dedica tiempo a lo ‘verdaderamente importante’ que tal vez parece más inútil, más humilde, pero en realidad sublime y que es lo auténtico de la existencia. Sino aprovechas una oportunidad, disfruta mientras la dejas pasar y te brinda otras diferentes. Así que cuando a lo lejos vuelvas a ver el autobús, piénsalo una vez más: fumarse un puro o perder la dignidad.